Existen diversos factores que pueden llevar a una persona a padecer estrías, desde los embarazos, sobre todos aquellos en los que se aumenta mucho de peso; terapias con corticoides durante tiempos prolongados; hasta el aumento desmedido del peso, en cualquier época de la vida. La genética, nuestra mayor o menor predisposición a padecerlas, también juegan un papel importante en estas lesiones, que afectan a un 40% de la población, sobre todo femenina, en edades comprendidas entre los 10 y 50 años. Las estrías son una forma particular de cicatrización de la dermis, a consecuencia de la ruptura y separación de sus fibras (fibras colágenas y elásticas), a lo que se suma una reacción inflamatoria local. Generalmente esta ruptura de la dermis ocurre a consecuencia de factores mecánicos como el estiramiento exesivo de la piel o bioquímicos como las hormonas esteroideas. Al principio tienen aspecto de líneas apenas elevadas sobre la piel, de color rojo púrpura; en ocaciones acompañadas de picores o aumento de la sensibilidad. Con el paso del tiempo comienza la atrofia y comienzan a aclarase, la piel se torna lisa, brillante y de un color blanco nacarado. Rara vez las estrías pueden pigmentarse, por lo que al broncearse la piel resaltan aún más.
Las estrías presentan una alteración común, benigna y fácil de diagnosticar pero, sin lugar a dudas, constituyen un serio problema sobre todo para muchas mujeres, ya que les provoca muchos trastornos psíquicos y sociales. Durante décadas la mujer asumió este conflicto estético con angustia y cierta resignación bajo la premisa de que no había nada que hacerle. Sin embargo el avance de la ciencia y la dermatología, la suma de recursos terapéuticos, principalmente el drenaje linfático manual, dan una respuesta con muy buenos resultados. 
Fotografía comparativa: se puede apreciar la mejora de las estrías luego de un tratamiento de cuatro semanas con drenaje linfático manual. 
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